top of page
Screenshot_20260320_205816_com_openai_chatgpt_MainActivity_edit_204889876758402.jpg

LO QUE NO SE VE

Yo empecé en el teatro con diez años.

Diez.

Con esa edad uno se mete en una obra del colegio y no sabe dónde se está metiendo. Tú te plantas allí, te ponen una tela por encima, te dicen “entra por aquí”, “sal por allá”, “di esta frase más alto”, y tú piensas: qué cosa más divertida. Qué juego más bonito. Qué fantasía esto de ser otra persona y que encima te aplaudan.

Lo que no sabe el niño de diez años es que ese juego luego le ocuparía la vida entera.

No sabe que un día va a estar en su casa, solo, delante del ordenador, rompiéndose la cabeza para elegir una obra que le venga bien a un grupo imposible.
No sabe que un día va a estar repartiendo personajes como quien reparte órganos en un trasplante delicadísimo.
No sabe que va a acabar pensando en teatro mientras se ducha, mientras come, mientras intenta dormirse y mientras finge que está descansando.

Porque esa es la primera gran verdad de todo esto:

lo que no se ve.

No se ve nunca.

No se ve el trabajo previo de un docente de artes escénicas.
No se ve el tiempo que uno le echa a observar a su alumnado.
No se ve el esfuerzo de medir energías, edades, inseguridades, capacidades, bloqueos, egos, miedos, entusiasmos y carencias.
No se ve el momento en el que tú dices:
“A ver qué coño hago yo con este grupo.”

 

Porque claro, desde fuera parece monísimo.

“Qué bonito, una escuela de teatro.”
“Qué guay, montáis obras.”
“Qué artístico todo.”
“Qué creativo.”

Sí, sí. Creativo, por supuesto.

Creativo es también intentar encontrarle un personaje a una persona de setenta años que no memoriza bien, a otra de veinte que tiene muchísimo talento pero cero disciplina, a otra que viene a pasárselo bien, a otra que dice que quiere implicarse pero luego no aparece, a otra que está en un momento vital espantoso y a otra que todavía no sabe si ha venido a hacer teatro o a hacer terapia.

Eso también es creatividad.
Lo que pasa es que esa creatividad no sale en la foto del estreno.

Yo esto, además, lo explico desde el principio.

Lo explico bien.
Lo explico claro.
Lo explico con amor.
Lo explico incluso con paciencia, que ya es muchísimo decir.

Yo digo:
“Vamos a empezar con dinámicas.”
“Voy a conoceros.”
“Voy a ver cómo sois.”
“Voy a observar qué grupo tengo delante.”
“Y a partir de ahí elegiré la obra que mejor le venga a este grupo.”

O sea, no engaño a nadie.

Yo no saco un texto de la manga en marzo y digo:
“Sorpresa, cariño. Lorca. Setenta páginas. Ensayo mañana.”

No.

Yo miro, calibro, pienso, pruebo, tardo, ajusto, valoro, reparto.

Y justo cuando por fin entrego el texto, que para mí no son solo unos folios, sino horas de cabeza, de intuición y de oficio… ahí empieza la estampida.

Marzo.

Qué mes más bonito.

Marzo trae el buen tiempo en Huelva, las terrazas, la luz, la primavera, las ganas de vivir… y al parecer también trae una especie de selección natural donde sobreviven solo las personas que de verdad estaban dispuestas a hacer teatro.

Porque sí, se me va gente.
Siempre por estas fechas.
Y uno ya no sabe si reírse, llorar o poner una cláusula de permanencia como si esto fuera una compañía telefónica.

Entonces uno empieza a pensar:

“¿No les gusta la obra?”
“¿No les gusta el personaje que les he dado?”
“¿No se sienten vistos?”
“¿No les motiva?”
“¿O simplemente se acaban de dar cuenta de que hacer teatro requiere una responsabilidad que no estaban dispuestos a sostener?”

Porque ese es otro gran tema.

Hay mucha gente que se apunta a teatro pensando que esto es una actividad amable, una cosita para desconectar, un rato de jugar a ser otra persona y ya.

Y no.

O sea, sí… pero no.

Porque jugar, jugamos.
Claro.
Pero jugamos de verdad.

Y jugar de verdad exige escucha, memoria, disciplina, entrega, presencia, cuidado, rigor, compromiso con uno mismo y con el grupo.

Y ahí ya no todo el mundo quiere.

A mí eso me da mucha rabia.

Me da rabia porque me descompone el trabajo.
Me da rabia porque siento que no se valora lo que hay detrás.
Me da rabia porque cuando alguien se quita después de haber recibido un personaje, no se está quitando solo de una clase: está rompiendo una estructura que yo he tardado semanas o meses en construir por dentro.

Y no, no es solo ego.

No es “ay, qué artista soy, valoradme”.

No.

Es que hay una realidad objetiva:
no se ve el trabajo que hay detrás de enseñar artes escénicas.

No se ve la cabeza que hay que tener para levantar un curso entero.
No se ve lo difícil que es elegir una obra para un grupo multinivel, multiedad, multicarácter y multitrauma.
No se ve lo complicado que es intentar que todo el mundo tenga un lugar digno dentro de un mismo relato.
No se ve que muchas veces uno está cosiendo emocionalmente a gente que ni siquiera sabe que viene descosida.

Y todo eso, además, con amor.

Que esa es otra palabra muy peligrosa.

Porque este oficio, si no lo haces con amor, no hay quien lo aguante.
Pero como lo hagas con demasiado amor, te deja tieso.

Yo no busqué la docencia.

Igual que tampoco fui buscando la dirección.
Ni la dramaturgia.
Ni ponerme a escribir obras que salían de mi cabeza o a coger un trozo de una, otro trozo de otra, una idea mía, una adaptación imposible, una intuición, un capricho, un delirio… y de pronto hacer un texto nuevo.

Yo quería ser actor.

Yo sí quería ser actor de verdad.

Yo me he criado en esa idea.
Me he formado para eso.
Me he curtido para eso.
He trabajado para eso.
He sufrido para eso.
He amado esto desde ese sitio tan peligroso que es cuando una profesión no es solo una profesión, sino también una identidad.

Y claro, luego te pasan cosas.

Empiezas actuando.
Después te dirigen.
Descubres que dirigir te pone.
Diriges.
Luego descubres que para dirigir también te apetece escribir.
Y escribes.
Y adaptas.
Y te conviertes en dramaturgo casi sin haberlo pedido.
Y después una pandemia mundial te devuelve a tu ciudad natal y, sin comerlo ni beberlo, te llega la docencia como un regalo envenenado.

Y aquí estoy.

Dando clase en una ciudad en la que yo pensaba que no iba a trabajar jamás.
Montando una escuela.
Levantando proyectos.
Abriendo puertas.
Inventándome caminos.

Y aprendiendo sobre la marcha un oficio que no había buscado, pero que ya forma parte de mí.

El problema es que yo vengo de una cultura del oficio muy concreta.

Yo sí he querido esto con una intensidad que no era de hobby.

Y la mayoría de la gente que tengo delante no está en ese lugar.

La mayoría de mi alumnado no quiere ser actriz ni actor profesional.
La mayoría viene por gusto, por afición, por necesidad de expresarse, por salir de la rutina, por probar algo distinto.

Y eso está bien.

De hecho, está muy bien.

Pero claro, a mí ahí se me abre una grieta.

Porque yo tengo que aprender a enseñar sin exigirle a todo el mundo la misma fiebre con la que yo he vivido esto.
Tengo que aprender a distinguir entre la pasión profunda y la afición honesta.
Tengo que aprender a no medir a todo el mundo con mi misma vara.
Y eso, sinceramente, me cuesta.

Me cuesta mucho.

Porque mi relación con este oficio ha sido siempre un poco… peculiar.

Vamos a decirlo bien:
mi relación con el teatro roza lo tóxico.

Porque a veces este trabajo me hunde en el hoyo más profundo del mundo.
Y otras veces es el mismo trabajo el que me saca de allí y me hace florecer.

Lo mismo me deja seco, comparándome, dudando, sintiéndome insuficiente, que me regala un momento de verdad en escena o en clase y me devuelve el sentido de estar vivo.

Es una maravilla.
Sí.

Y una puta trampa también.

Porque uno piensa:
“Esto era lo que me gustaba de pequeño.”
Y luego, al convertirlo en oficio, en proyecto, en estructura, en dinero, en responsabilidad, en identidad… ya no sabes muy bien si lo estás disfrutando, sobreviviendo o defendiendo a muerte de algo que ni tú mismo sabes nombrar.

Y luego está el otro tema.

Ser homosexual.

Porque claro, uno también ha crecido oyendo, de formas más finas o más burdas, que ser maricón te condiciona como actor.
Que te limita.
Que te perfila.
Que te encierra en ciertos códigos.
Que te coloca una etiqueta antes incluso de abrir la boca.

Como si un actor homosexual no pudiera interpretar lo universal.
Como si la pluma o la sensibilidad o la forma de estar en el mundo invalidaran la complejidad.
Como si para acceder a ciertos papeles hubiera que pasar primero un examen de masculinidad homologada.

Y uno todo eso lo escucha.
Y uno todo eso se lo mete dentro.
Y uno luego carga con eso aunque quiera hacerse la moderna y la deconstruida.

Después viene el audiovisual.

Ese gran trauma.

Ese territorio en el que siento que no he podido explayarme.
En el que no he entrado.
O no he sabido entrar.
O no he querido entrar del todo.
O me ha dado miedo entrar.
O he pensado que no daba el perfil.
O a lo mejor sí daba el perfil pero no el perfil que interesa.
O a lo mejor soy yo el que se ha contado demasiadas veces la película de que no encaja.

No lo sé.

Pero el dolor de no haber vivido eso como yo imaginaba, está.

Y se mezcla con todo.
Con la inseguridad.
Con la frustración.
Con la sensación de haber querido mucho una cosa y no haber encontrado la puerta.

Y luego, claro, uno se monta una escuela.

Porque aparentemente yo no tenía suficiente con mis propios traumas, así que decidí profesionalizarlos y abrir una comunidad.

La comunidad.

Qué palabra más bonita.
Qué palabra más luminosa.
Qué palabra más llena de promesas.
Y qué palabra más cabrona cuando se te rompe en las manos.

Porque yo no he montado una escuela solo para dar clases.

Yo he querido construir una comunidad.
Un espacio.
Una familia artística.
Una compañía estable.
Un grupo de personas que compartan una manera de trabajar, una ética, una sensibilidad, una idea del teatro, una forma de cuidarse y de crear juntas.

Yo quería eso.

Y lo sigo queriendo, creo.

Pero claro, luego la realidad es mucho más sucia que el deseo.

Porque crear comunidad no es poner un nombre bonito, unas normas, una programación y unas fotos decentes.
Crear comunidad es confiar.
Y ahí está el problema.

Que a veces uno pone la confianza donde no debía.

Y eso a mí me ha pasado.

Mucho.

Especialmente con personas que yo pensaba que eran sostén.
Que eran núcleo.
Que eran base.
Que eran de los míos.

Personas con las que, además de compartir aula, compartía proyectos, ideas, tiempo, ilusión, lenguaje común, complicidad.
Personas de las que yo pensaba:
“Con estas sí.”
“Con estas puedo levantar algo de verdad.”
“Con estas se puede construir compañía.”

Y luego no.

Luego resulta que no.

Luego descubres que algunas personas no estaban tan comprometidas con el proyecto como con sus propias películas personales. Que el espacio que tú habías levantado para crear era, para ellas, otra cosa. Una coartada. Una escapatoria.
Un decorado estupendo donde venir a resolver sus vidas, sus enredos, sus urgencias y sus dramas.

Y claro, así no hay obra que valga.
Ni texto brillante.
Ni personaje bien dado.
Ni propuesta interesante.
Ni tiempo invertido.
Ni amor.
Ni hostias.

Porque cuando tú estás entregado a construir algo y quien tienes delante está usando ese mismo espacio para otra cosa, la sensación es devastadora.

Devastadora.

Y luego está la otra versión del desastre:
la de quien sí ama esto, sí crece, sí despega, sí empieza a volar… pero ese vuelo le revienta por dentro la vida personal.
Y entonces tú te quedas mirando a alguien que está en el culmen de una cosa y en la ruina de otra.
Y tampoco sabes qué hacer.
Ni cómo sostenerlo.
Ni si debes sostenerlo.
Ni desde dónde.

Y de pronto te ves ahí.

Con tres personas a las que has querido muchísimo.
A las que has dedicado horas y horas de cabeza.
Para las que has escrito.
Con las que has soñado proyectos.
Y descubres que quienes tú creías que eran tu sostén, en realidad han sido una piedra atada al tobillo.

Y esa hostia no es pequeña.

Porque ya no es solo frustración profesional.
Es decepción humana.

Es darte cuenta de que no basta con que alguien tenga talento.
No basta con que alguien te quiera.
No basta con que alguien te diga “sí, claro, yo estoy contigo”.

No.

La comunidad no se construye con palabras.
La comunidad se construye con hechos.

Con presencia.
Con compromiso.
Con cuidado.
Con verdad.
Con coherencia.

Y cuando eso no está, da igual lo bonito que sea el discurso.

No hay compañía.
No hay comunidad.
No hay nada.

Solo hay deseo por un lado y humo por otro.

Y eso me ha dolido profundamente.

Porque yo sí quería una compañía estable.
Yo sí quería un grupo que estuviera.
Yo sí quería dejar de sentir que todo pende siempre de un hilo emocional, logístico y humano.

Y es muy frustrante darte cuenta de que la gente que tú creías que estaba para ti, para el proyecto, para la comunidad, para lo que estáis levantando… en realidad no está.

O no está tanto.
O no está de la manera en que tú necesitas que esté.
O solo está mientras no le incomode demasiado.

Y claro, ahí una se rompe un poco.

O bastante.

Pero también te digo una cosa.

Toda esta decepción, aunque me haya dejado hecho polvo, también me ha aclarado algo.

Me tengo que centrar en la gente que sí.

En la gente que sí está.
Que sí sostiene.
Que sí cuida.
Que sí aparece.
Que sí entiende que esto no va solo de pasarlo bien, ni de venir cuando apetece, ni de decir “te apoyo” como quien manda un emoji de corazón.

No.

Va de estar.

De verdad.

En los hechos.

En el trabajo.
En el tiempo.
En la lealtad.
En el compromiso con una idea común.

Y a lo mejor esa es la lección más dura de todas.

Que la comunidad que yo quería formar no puede construirse con cualquiera.
Que no todo el mundo que me emociona me conviene.
Que no todo el mundo que admiro me sostiene.
Que no todo el mundo que quiero está preparado para formar parte de lo que yo quiero levantar.

Y eso duele, claro.
Porque obliga a elegir.
A poner límites.
A soltar fantasías.
A aceptar que no todo vínculo sirve para todo proyecto.

Pero también libera.

Porque entonces uno deja de mendigar compromiso donde no lo hay.
Y empieza a reconocer, por fin, a quienes sí están remando en la misma dirección.

Y yo, a pesar de todo, sigo creyendo en eso.

Sigo creyendo en la gente que se queda.
En la gente que trabaja.
En la gente que no hace ruido, pero sostiene.
En la gente que a lo mejor no quiere dedicarse profesionalmente a esto, pero se entrega con una honestidad que ya quisiera más de un profesional.
En la gente que viene desde el hobby, sí, pero con una dignidad, una constancia y una verdad que merece todo mi respeto.

Sigo creyendo.

Aunque me enfade.
Aunque me decepcione.
Aunque haya días en los que me entren ganas de mandar el teatro, la docencia, la dirección, la dramaturgia, la comunidad, el compromiso, marzo y la primavera entera a tomar por culo.

Sigo creyendo.

Porque, por desgracia o por fortuna, hay algo aquí que me sigue salvando.

Y supongo que por eso sigo hablándole al niño de diez años.

Y le diría:

“Mira, chiquillo…
te va a pasar de todo.
Te vas a obsesionar.
Te vas a enamorar de este oficio y también lo vas a odiar.
Vas a actuar, dirigir, escribir, enseñar.
Vas a intentar construir una casa para otros y a veces te vas a quedar fuera de tu propia casa.
Vas a confiar en personas que no sabrán sostener lo que tú les das.
Y vas a descubrir que el talento no siempre viene acompañado de verdad.”

“Pero también te digo:
vas a encontrar gente buena.
Gente que sí.
Gente que se quede.
Gente que entienda.
Gente que haga que todo esto, aunque duela, merezca la pena.”

Porque al final, de eso va todo esto.

De lo que no se ve.

No se ve el trabajo.
No se ve la entrega.
No se ve la duda.
No se ve el amor.
No se ve el cansancio.
No se ve la intuición.
No se ve la decepción.
No se ve la cantidad de veces que uno se recompone por dentro para volver a entrar en un aula con dignidad.

No se ve.

Pero sostiene todo.

Y aquí estoy.

Riéndome, claro.
Porque yo me río mucho.
Yo tengo esa risa amarga que sale sola cuando uno ya no sabe si está haciendo una comedia o sobreviviendo a una tragedia.

Me río de mi intensidad.
De mi necesidad de darle categoría de conflicto griego a cualquier cosa.
De mi costumbre de convertir cada crisis en material escénico.
De mi empeño en seguir creyendo en algo que, a veces, parece diseñado exclusivamente para ponerme a prueba.

Y aquí sigo.

Actor.
Director.
Dramaturgo.
Docente.
Maricón.
Fundador de una comunidad que a veces me abraza y a veces me expulsa.
Niño que empezó jugando.
Adulto que todavía no sabe si sigue jugando o si ya está defendiendo su vida con uñas y dientes encima de un escenario.

Y aun así, aquí sigo.

Intentando hacer visible lo invisible.

Porque a lo mejor ese es mi verdadero papel.

No el que me den.
No el que me quiten.
No el que no llegó.
No el que imaginé para mí.

Este.

Ponerle voz, cuerpo y risa amarga a todo eso que nadie ve…
hasta que, de pronto, alguien lo escucha.

bottom of page